“A MI LA SOLEDAD ME SABE MÁS A PAN QUE A HAMBRE”

Tenía tanto miedo como ganas de conectar con mi corazón ya que sin los colores del amor del que están hechos los anhelos, la vida se me tornaba un desierto. Todo se debía a que había empezado a rechazar ese tipo de inspiración que ofrece la tristeza, esa fuente púrpura de la nostalgia del paraíso perdido de la que antes bebía y con la que ahora quería reencontrarme.

Habíame vuelto yo un intento de bardo con media paleta, un pintor alegre que huía de recorrer los valles más profundos de la autocompasión y la empatía desde donde solía yo fundirme y encontrar las frecuencias místicas del atardecer.

Mas siempre encontraba en mis momentos de mayor agotamiento esa llamada antigua a lo nuevo, esa búsqueda de la libertad en las sensaciones más sutiles del mar del sentimiento.

Simplemente me iba a una esquina de la casa y me ponía a escribir evocando desde mi alma mis deleites por el cine romántico en blanco y negro de hollywood, las películas de los escritores buscavidas y atormentados que pasaban su vida de velada en velada en noches de verano llevados por mujeres desencantadas en sus coches sin capota que buscaban en los momentos de pasión la evasión plena del olvido de nuestra completitud.

Brincaba mi alma de nuevo y salian de mi garganta gritos de : ¡ Joder que maravilla! Deleitándome de la poesía que de mi salía como una cascada eléctrica por mi piel porque había regresado a mi ese cálido escalofrío de sentir en lo más profundo de mi que no hay ningún lugar a donde ir más allá de la poesía que se escurre, rebalsa y borbotea en este momento efímero por el que corren impetuosos los morados torrentes de la sangre divina de la celebración.

¡ oh miclíope, augusta entre las musas! ¡Haz florecer el jardín! A ti que te acompaña leilíade y una corte de caríatides vivas , fogosas y serpentinas prendámosle fuego a esta tarde roja anaranjada que desemboca en los vapores calmos de las nubes serenas del cielo.

Mi alma se elevaba y saltaban por los aires todas las penurias porque había retornado el tornado que centrípeto de alzaba hacia las alturas y me llevaba a recorrer cada rincón del universo del paisaje que se abría ante mis ojos.

La sinfonía dionisíaca de los sueños rotos que eclosionaban la esencia de su realidad en el presente y yo aquí mirando los árboles sonriendo y con mirada entornada a las fugaces y corporales sensaciones de tu libertad suprema, belleza insondable de tu mirada que se me clava en el pecho como un soplo de placer que iracunda mis alegrías con la fuerza de un ciclón.

Sergio Sanz Navarro

A veces una canción nos inspira a escribir. Esta vez fue al revés, escribir me inspiró a escuchar una canción de la que saqué el título de lo que había escrito, me recuerda a mis tardes de borrachera cuando llegué a Buenos Aires, por ese entonces,la escuchaba sin parar . Aquí os la dejo:

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