EL MIEDO ES UN LADRÓN QUE TE LO ROBA TODO, ES LA NEGACIÓN DEL AMOR

¿QUIERES BEBER DEL OASIS REBOSANTE DEL ANTÍDOTO DEL MIEDO? ÁBRETE PUES A CONFIAR

Empecemos por una definición de Gustavo Zerbino, superviviente del accidente de avión de los Andes que fue llevado al cine en la pelicula “Viven”. Él dijo en una conferencia: “El miedo es la proyección mental de un evento que todavía no ha ocurrido”.

Y es que el miedo te vende en bandeja de plata la seguridad de que te protegerá de un temor que él mismo te regala.Te chantajea para que aplaces el ser tú mismo. Te susurra tenebrosamente al oído los peores sucesos para que vayas a analizarlos a la trastienda mohosa de tu preocupación, allá donde vigilas en una fría sala de soledad la locura desquiciante de las infinitas probabilidades.

Así, poco a poco vas haciendo pequeñas concesiones -como la mujer que cede a cortarse el pelo o a ponerse una falda más larga ante su marido maltratador- y así tu vida y tu ser van menguando ante una lluvia de preocupaciones de azufre que implacable arrecia sobre ti. Y tú ahí, oxidándote, y caminado renqueante por los derroteros de la resignación.

La voz del miedo, al igual que el maltratador, te dice: “es por tu bien” y de ese modo pasas toda tu vida preparándote, esbozando el boceto de una obra que nunca se estrena y conformándote con un sucedáneo de la vida que no es La Vida. De esta manera, vas rumiando uno por uno los posibles escenarios que en tu imaginario se presentan y viviendo en “el simulador”: esa realidad paralela y virtual donde la amenaza se cierne sobre ti y donde el escalofrío impone su gélido clima de desamparo y tinieblas.

Esa voz del miedo grita mucho y hace mucho ruido porque es la voz de la mentira. Sin embargo hay otra voz, la de la verdad, dulce voz que solo se pronuncia una vez y llega desde el corazón.
Es muy importante aprender a discernirlas.

La voz del miedo obtiene todo su poder cuando tú la crees, pero en realidad no sabe nada, de hecho “no sabe que no sabe” y por eso cree que sabe. Tu mayor miedo es a esa voz, a lo que te diga mediante juicios en la oscuridad de tu habitación cuando vas a dormir. Si te haces consciente de que tu libertad está en no saber, de que solo sabes que no sabes nada, entonces ya sabes más que el miedo y entonces puedes neutralizar esa voz metálica, ignorándola, es decir, enfocándote en tu ignorancia esencial, en tu inocencia.

Cuando asumes que no sabes, desaparecen las dudas. Porque la duda viene por creerse obligado a tener que saber, pero no sabemos, y esa ignorancia produce el miedo y la culpa. Pero el no saber lo que ocurrirá es la incertidumbre esencial de la vida, la libertad misma de la vida, porque la vida también es libre y la libertad de la vida es tu libertad, pues la única libertad verdadera es plena.

¿De dónde proviene el miedo?

Cuando un ser humano se considera erróneo y se siente indigno, experimenta culpa.
Dado que se siente culpable ,siente que merece sufrir, pues concibe la creencia oculta de que el sufrimiento le hará aprender a ser mejor, que lo corregirá y lo enseñará.

En este sentido, el sufrimiento le sirve para algo, pone al sujeto demencialmente a su servicio, en la reparación constante de su imagen personal, rogándole que lo sirva y lo avise en un intento constante de no fallar. El sufrimiento pasa a ser el sirviente aparente de la persona, pero en realidad es su amo y así lo experimenta.

Es por tanto que surge entonces el miedo al castigo y la posterior estrategia de mecanismos de defensa al servicio del control que harán de su psiquis una herramienta de opresión que mantenga cerradas las compuertas del corazón, hogar del Ser.

Una de esas estrategias es completamente masoquista y maquiavélica y consiste en atacarse a sí mismo. Es como una preparación para ” el gran fracaso”, como si fuera pegándose y dañándose así mismo antes de que la vida “le diera su merecido”. Más retorcido aún, como si tratara inconscientemente de complacer mediante el autocastigo a esa vida cruel que está empeñada en perseguirlo con su guadaña y su libreta negra de evaluaciones, esa donde apunta todo lo que le reclama y exige.

Lo mismo ocurre cuando se culpa a la vida y se la condena como caótica, peligrosa, cruel y sin sentido. En ese momento, capturamos en nuestra percepción condenatoria lo más grande que existe y lo encerramos y nos encarcelamos con ella, pues somos ella.

Algunas personas se sienten “prostitutas” del miedo, y ese miedo sería el proxeneta que los mira con recelo desde la acera de enfrente, cruzándose en su visión cuando tratan de levantar la vista hacia el horizonte de lo infinito. Ojos cabríos que miran incidentemente, negros guardianes de las regiones de tu deseo más profundo: la paz.

Guardián, porque hay quien dice que el miedo es la señal, la lucecita roja que te indica el camino que te indica: “Por ahí”
Ejemplificándolo con una imagen sería como ese ave que sobrevolando un campo viera un espantapájaros y se asustara, pero después tomara consciencia de que es una señal de que ahí hay comida y se dejara caer en picado hacia semejante banquete de vida.

Lo importante no es el miedo sino la actitud ante él, unos deciden saltar a pesar del miedo y otros se quedan paralizados ante él, unos deciden abrazarlo y otros castigarlo y castigarse por tenerlo.

Cuando cedemos ante el miedo no vivimos con totalidad. Si tienes dos opciones y una te da más miedo que la otra, eliges la opción que menos miedo te da. Esto quiere decir que no eliges tú, sino que elige tu miedo. Sin embargo, si eligieras la opción que más miedo te diera estarías haciendo algo que aparentemente está en contra ti, un acto suicida, pero en realidad sería un acto homicida de una parte de ti: la parte que se prostituye ante lo que cree que otros piensan o juzgan, esa parte que se siente culpable y avergonzada de ser como eres.

Hay otras personas, sin embargo, que están enganchadas a elegir temerariamente la opción que más miedo les da, como si fueran adictos a esa sustancia endógena llamada adrenalina y tuvieran que demostrarse a sí mismos constantemente que tienen coraje ante sus propias provocaciones. Esto puede llevar a convertirse en una auto-tortura y el proceso de sanación de estas personas requerirá mucha valentía para que dejen de ser “valientes”, pues habrán de atravesar el síndrome de abstinencia de no alimentar más al personaje corajudo que han creado.

Has de preguntarte si tu maestro es el miedo o si tu maestro es el amor. Tener miedo es subestimar el amor; es creer que el amor que eres no será capaz de comprender , de abarcar en su abrazo, esa situación que tanto temes que ocurra. Cualquier problema es una mota de polvo frente a lo que Eres. El miedo es el mago de oz, ese viejo con un altavoz haciendo mucho ruido detrás de sus grandes maquetas monstruosas de cartón.

Enfréntate a cualquier posibilidad dentro de ti con confianza pues si temes a una situación y por todos los medios tratas de eludirla, ésta creará un efecto hipnótico en ti. Imagínate que fueras en una bicicleta y quisieras evitar no estrellarte contra un poste, el hecho de fijar toda tu atención en ese suceso haría que cayeras hechizado por el poste y finalmente te estrellarías como una profecía autocumplida.

Si temes a algo, simplemente, imagínate en paz en esa situación, sea la que sea. Si estás al lado de un familiar enfermo en el hospital, disfruta de él en paz, si temes la cárcel imagínate en paz en la celda, bebiéndo únicamente de la fuente infinita y libre de tu ser. Así irás desactivando uno a uno los terribles escenarios que el miedo te fabrique y dejarás de tener el miedo a enfrentarte a cualquier situación que te genere angustia pues tú mismo ya te habrás zambullido en ella.

Desconfiar es ningunear al amor. Cuando elegimos, en ese mismo momento establecemos algo como deseable y algo como indeseable y en ese instante, lo que es indeseable no lo amamos y no amar, es lo que más daño nos hace, seccionamos en ese momento la vida y nos partimos en dos. Podemos afirmar con rotundidad entonces que: ” el miedo es la negación del amor”.

Somos amor y tener miedo es negarnos; es creer que el amor no está ahora aquí, que el amor puede ser destruido. Tan poderosos nos creemos en nuestra arrogancia, que pensamos que podemos sacar por un momento al amor de la exixtencia, cual demoníacos magos.

A veces pienso que Dios decidió separarse para ponerse a prueba, para ver si era capaz de amarlo todo, cualquier suceso, por terrible que pareciera, vivirlo y atravesarlo todo, dejando se ser el todo para vivirlo todo.

Todos hemos hecho un viaje de ida, hemos construido un personaje y ahora algunos queremos emprender ya el viaje de vuelta, el viaje para desarmarlo y fundirnos de nuevo en la paz y gratitud absolutas de la unidad. Por eso te pregunto: ¿vives tu vida como un viaje de ida o como un viaje de vuelta?

La verdadera decisión solo es una: confianza o miedo. Si confias te entregas, si hay miedo luchas. Buscar y esperar también es luchar; cuestionar y juzgar es luchar; comparar es luchar. ¡Deshazte de la lucha! ¿Deja de invertir en enclenques seguros de vida psicológicos y ábrete al amor! pues el amor lejos de atrapar, libera. El amor te hará desaparecer, derrumbará todas tus creencias, siempre que te atrevas a dejar que decida él, que decida por ti. Pero ello solo lo podrás hacer si renuncias a esa falsa idea de libertad basada en el control que llamamos libre albedrío. eso solo lo podrás hacer si confías, porque la confianza es el vínculo más profundo que existe con la vida y es también la antesala del amor; el pórtico de la gloria.

Todos los miedos derivan del miedo a la muerte. Si vives una experiencia de muerte con bufo alvarius o ayahuasca te darás cuenta de que existe una continuidad, y que no hay nada que temer, pues del mar de la energía venimos y al mar de la energía vamos. Es entonces cuando te relajas y te das cuenta de que ni siquiera tienes que hacer esfuerzos para respirar, que la existencia es la que te está respirando a ti y que puedes deslizarte por la vida sin forzarte a nada, sin abusarte y sin violarte y sobre todo, lejos de ese eco siniestro que venía de los confines de la inexistencia al que llamabas con cautela y temblor: “mi mayor miedo”.

Sergio Sanz Navarro

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